Una de las preguntas más antiguas de la humanidad es si Dios tuvo un origen o si ha existido desde siempre. La cuestión no solo pertenece a la teología, sino también a la filosofía, porque toca el problema del origen último de todo lo que existe.
La fe cristiana enseña que Dios es el Creador de todo lo visible e invisible y que su acción no se limita al momento inicial del universo, sino que sostiene continuamente la existencia de la creación.
Para comprender por qué se afirma que Dios no tiene origen, la teología señala algunos atributos divinos fundamentales.
El primero es la eternidad. Dios no está sujeto al tiempo como lo está la creación. El tiempo implica cambio, sucesión y movimiento, mientras que Dios existe en un “eterno presente”. Por eso, en la tradición bíblica se expresa con la fórmula: “Yo soy el que soy”, indicando una existencia que no depende de nada anterior.
De la eternidad se deriva otro atributo: la inmutabilidad. Si Dios es eterno, no cambia ni comienza a existir en un momento determinado. Todo lo creado tiene un inicio y está sujeto a transformaciones; Dios, en cambio, es siempre el mismo.
Desde el punto de vista filosófico, afirmar que Dios fue creado llevaría a una cadena infinita de causas: si alguien creó a Dios, habría que preguntar quién creó a ese creador, y así sucesivamente. Por ello, la idea de un primer principio eterno se presenta como necesaria para explicar la existencia de todo lo demás.
También se distingue entre lo eterno y lo inmortal. Algunas realidades espirituales, como el alma o los ángeles, pueden considerarse inmortales porque no tienen fin, pero sí tuvieron un principio. Solo Dios es eterno en sentido pleno, sin principio ni fin.
La creencia en la eternidad de Dios no es solo una afirmación teórica; también tiene consecuencias espirituales. Si Dios es eterno, entonces la promesa de la vida eterna adquiere sentido y la existencia humana se comprende dentro de una perspectiva que trasciende el tiempo.
La pregunta sobre el origen de Dios revela los límites de la comprensión humana frente al misterio. Más que ofrecer una explicación completa, la fe y la filosofía coinciden en señalar que debe existir un fundamento último, eterno y no creado, para que todo lo demás pueda existir.
Pensar en Dios como eterno no solo responde a una cuestión intelectual; también abre una perspectiva de esperanza, al situar la vida humana dentro de un horizonte que no termina con el tiempo.
Frase destacada:
Si todo lo creado tiene un principio, el origen de todo debe ser eterno.