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¿Dios tuvo un origen o siempre ha existido?

 Una de las preguntas más antiguas de la humanidad es si Dios tuvo un origen o si ha existido desde siempre. La cuestión no solo pertenece a la teología, sino también a la filosofía, porque toca el problema del origen último de todo lo que existe.

La fe cristiana enseña que Dios es el Creador de todo lo visible e invisible y que su acción no se limita al momento inicial del universo, sino que sostiene continuamente la existencia de la creación.

Para comprender por qué se afirma que Dios no tiene origen, la teología señala algunos atributos divinos fundamentales.

Ser justo significa ajustarse a la voluntad de Dios

El sentido de la palabra justo, se entiende como aquel que se “ajusta” a la voluntad de Dios. San José es el ejemplo perfecto de esta justicia: al descubrir que María estaba embarazada antes de vivir juntos, decidió no exponerla y actuar en silencio, hasta que un ángel le reveló en sueños que todo era obra del Espíritu Santo. Con fe y obediencia, José aceptó su misión y formó la Sagrada Familia junto a María y Jesús.

La Iglesia Católica enseña que ser justo implica ajustarse a la voluntad de Dios, cumpliendo con sus mandamientos y buscando vivir de acuerdo con su plan divino de amor y misericordia.

En las Escrituras

En el Salmo 106 (Salmo 107 en la versión de la Biblia) versículo 42 se menciona: 'quia iniquitatem suam odit et nutritum eorum in captivitatem redigit; propter initia servierunt et humiliati sunt' (Sal 107, 42), lo que nos recuerda que Dios odia la iniquidad y lleva a los injustos a la esclavitud, mientras que aquellos que sirven a Dios son humillados.

La enseñanza es que ser justo no significa simplemente obrar bien según criterios humanos, sino vivir en plena sintonía con lo que Dios pide, confiando en que Él da la gracia para cumplirlo.

Según los Padres y Doctores de la Iglesia

Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica aborda la justicia como una virtud que consiste en dar a cada uno lo que le corresponde. Para él, la justicia perfecta consiste en ajustarse a la voluntad divina, ya que Dios es la suprema justicia en sí mismo.

Según el Magisterio de la Iglesia

El Concilio de Trento enseñó que la justificación es un acto del amor de Dios que transforma interiormente al ser humano, haciéndolo justo y digno de la vida eterna. A través de la justificación, el hombre es renovado según la imagen de Aquel que lo creó, es decir, a imagen de Dios (cf. Concilio de Trento, Sesión VI, capítulo VII).

Lo que han dicho los papas

San Juan Pablo II en su encíclica 'Veritatis Splendor' resalta que la Ley de Dios es expresión de su sabiduría y amor, y que el hombre encuentra su plenitud al cumplirla. Ajustarse a la voluntad de Dios, que se revela a través de sus mandamientos y de la conciencia moral, es el camino hacia la verdadera libertad y plenitud humana.

Reflexión final:
La vida de san José nos recuerda que la verdadera justicia nace de la fe y del amor a Dios, que nos invita a abandonar nuestros planes para abrazar los suyos. Ser justos, como él, es aprender a confiar incluso cuando no entendemos del todo lo que ocurre, seguros de que la voluntad divina siempre conduce a un bien mayor.

ANOTACIONES FINALES:
✨ Ser justo no es solo “portarse bien”: es ajustarse a la voluntad de Dios.
San José nos enseña que la fe y la obediencia abren caminos de amor y esperanza.


Somos hijos de Dios

 
Introducción
Hoy vamos a reflexionar sobre una verdad que a veces pasamos por alto: somos hijos de Dios. No es solo una frase bonita o una idea simbólica; es una realidad profunda que cambia nuestra forma de vernos a nosotros mismos y de vivir cada día. Pero, ¿cómo es que llegamos a ser llamados hijos de Dios? ¿Qué dice la Biblia al respecto y qué significa para nuestra vida cotidiana?
 
Desarrollo
La enseñanza del audio parte de un principio clave: no todos los seres humanos nacen siendo hijos de Dios; nos convertimos en hijos por gracia y fe. El Evangelio de Juan 1,12 lo dice con claridad:
“A todos los que lo recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.”
Esto nos muestra que el ser hijo de Dios es un regalo que recibimos al creer en Cristo y aceptar su obra de salvación. No se trata de méritos personales, sino de una relación que Dios mismo nos ofrece.
También se menciona que el bautismo es un signo concreto de esta adopción: al ser bautizados, entramos a formar parte de la familia de Dios y se nos concede el Espíritu Santo, que nos hace clamar: “¡Abba, Padre!” (Romanos 8,15).
Un punto importante del mensaje es que ser hijos de Dios implica vivir de acuerdo a esa identidad: confiando en su amor, obedeciendo su palabra y reflejando su carácter. No basta con saberlo intelectualmente; debemos vivir como hijos en nuestra conducta diaria, mostrando misericordia y buscando la santidad.
 
Conclusión
Ser hijos de Dios es el mayor honor y la mayor responsabilidad que podemos tener. Significa que no somos huérfanos espirituales; tenemos un Padre que nos ama, nos cuida y nos guía. Hoy se nos invita a recordar esa identidad y vivir conforme a ella: confiar más, temer menos y reflejar el amor del Padre en nuestras acciones.
La próxima vez que dudes de tu valor o de tu propósito, recuerda estas palabras: “Mira cuánto nos ama el Padre, que se nos llama hijos de Dios… y lo somos” (1 Juan 3,1).