Las bodas católicas no son solo celebraciones sociales: son actos litúrgicos donde la Iglesia celebra un sacramento. Por ello, una diócesis mexicana ha establecido normas claras sobre la música permitida en las Misas de Matrimonio, abordando prácticas comunes como canciones de películas, música popular y el uso de mariachi.
La Diócesis de Cuernavaca (México) publicó el documento Música para la Celebración del Matrimonio. Orientaciones prácticas, con el objetivo de preservar la unidad, la belleza y la espiritualidad de la liturgia nupcial. Su obispo, Mons. Ramón Castro Castro, subraya que cada boda debe ser una verdadera acción de alabanza y oración, que introduzca a los esposos en el misterio del amor de Cristo y de la Iglesia.
El texto aclara que no existen procesiones separadas para el novio y la novia, sino una sola entrada acompañada por un canto litúrgico. Por ello, se pide evitar bandas sonoras de películas, himnos deportivos o música popular no compuesta para uso litúrgico.
Incluso marchas nupciales clásicas, como las de Wagner o Mendelssohn, son desaconsejadas por su origen teatral y por no responder al sentido sacramental del matrimonio cristiano. En su lugar, la diócesis propone un repertorio específicamente aprobado para la liturgia.
Respecto a las llamadas “Misas con Mariachi”, el documento no las prohíbe de forma absoluta, pero exige discernimiento pastoral. Solo pueden realizarse en diálogo con el sacerdote celebrante, y siempre que los músicos conozcan la liturgia y cuenten con un repertorio adecuado al rito.
Asimismo, se recalca la importancia del silencio litúrgico: no debe haber música durante el consentimiento, la entrega de anillos y arras, ni durante la bendición nupcial. También se recuerda que oraciones como el Gloria, el Santo o el Padre Nuestro no pueden modificarse.
La normativa invita a redescubrir que la música en la Misa no es un adorno ni un elemento decorativo, sino un verdadero ministerio al servicio de la fe. Cuando la música brota de la liturgia, ayuda a los esposos y a la comunidad a comprender que el centro de la boda no es el gusto personal, sino la acción de Dios que consagra el amor humano.
La belleza de una boda católica no depende del espectáculo, sino de la fidelidad al sentido sacramental del matrimonio y a la oración de la Iglesia.
La música en una boda no debe lucirse: debe conducir al misterio del amor de Cristo.