La importancia de formar en la catequesis a los hijos

La catequesis de los hijos no puede reducirse a una hora semanal en la parroquia. Es una tarea compartida en la que la familia tiene un papel insustituible, especialmente en un contexto donde muchos niños crecen sin referencias religiosas básicas.

Una catequista, desde su experiencia cotidiana, advierte la falta de interés real de numerosos padres por la formación religiosa profunda de sus hijos. No se trata de mala voluntad, sino de una falsa suposición: muchos padres creen que la fe se transmitirá “por inercia”, como ocurrió en su propia infancia, sin notar que hoy sus hijos parten casi desde cero.

El contraste es evidente. Para muchos niños, el primer día de catequesis es también su primer contacto con una iglesia y con la Misa. No conocen oraciones básicas ni gestos litúrgicos, no por rechazo, sino por desconocimiento total. La catequesis intenta suplir carencias enormes con recursos muy limitados: apenas unos minutos a la semana durante algunos meses al año.

Este vacío genera lo que la catequista llama un analfabetismo espiritual, que no puede ser corregido únicamente desde la parroquia. Cuando la formación en casa no acompaña, la catequesis queda desbordada.

El problema se agrava cuando surge la incoherencia entre lo que se enseña en catequesis y lo que los niños viven en su hogar. Al explicar, por ejemplo, la obligación de participar en la Misa dominical, muchos niños descubren por primera vez que sus padres no practican lo que la Iglesia enseña. Esta contradicción provoca una ruptura interior: el niño aprende a relativizar la fe y a vivir con un doble discurso.

Sin embargo, también existen testimonios esperanzadores. Familias imperfectas, pero sinceras, que reconocen sus errores, explican a sus hijos que fallan, que piden perdón y que vuelven a empezar. Esa fe humilde y honesta se convierte en una escuela de vida más sólida que una apariencia de perfección.

La catequesis no busca hijos perfectos ni padres impecables, sino familias coherentes y humildes. La fe se transmite menos por discursos y más por la verdad con la que se vive.

Educar en la fe comienza en casa y se fortalece en la parroquia. Cuando ambas caminan juntas, los niños aprenden no solo a creer, sino a confiar.

Frase destacada:
Una fe imperfecta, pero honesta, forma corazones más firmes que una fe de apariencias.