¿Cuándo es una política de deportación “intrínsecamente mala” y cuándo no

 La discusión sobre inmigración y deportaciones vuelve a encender el debate moral en Estados Unidos. ¿Cuándo una deportación es simplemente la aplicación de la ley y cuándo se convierte en algo moralmente inaceptable? La enseñanza católica tiene una respuesta profunda… y matizada.

Los obispos de EE.UU. han expresado su rechazo a las deportaciones masivas e indiscriminadas, especialmente tras los reportes del Departamento de Seguridad Nacional: más de 527,000 deportaciones y 1.6 millones de autodeportaciones desde enero.

Mientras algunos funcionarios católicos dentro de la administración defienden estas medidas, los obispos recuerdan que el mandato bíblico es claro: acoger, proteger y respetar la dignidad de cada migrante.

Pero ¿qué dice realmente la Iglesia sobre las deportaciones? Aquí entra un concepto clave:
¿Cuándo algo es “intrínsecamente malo”?
Según San Juan Pablo II, un acto intrínsecamente malo nunca puede justificarse moralmente, sin importar la intención o las circunstancias. Ejemplos claros: asesinato, aborto, esclavitud, genocidio.

En documentos del Concilio Vaticano II también aparece la palabra “deportación” en esta lista… pero los teólogos explican que el contexto se refiere a expulsiones arbitrarias y violentas, como las ocurridas durante la Segunda Guerra Mundial: traslados forzosos sin derechos, trato inhumano y condiciones infrahumanas.

Teólogos como Joseph Capizzi y P. Thomas Petri, OP, coinciden:
➡️ La deportación en sí misma no es intrínsecamente mala.
Lo que sí puede ser moralmente grave es:

    cuando se hace sin debido proceso,

    cuando se trata a las personas como objetos,

    cuando se ignora su dignidad humana básica,

    cuando se les expone a condiciones inhumanas.

La Iglesia también reconoce que los gobiernos pueden limitar la inmigración por el bien común. Documentos como La Iglesia y el Racismo (1988) y enseñanzas de Pío XII aclaran que los países tienen derecho a regular la entrada de personas, siempre que se respete la caridad, la justicia y la dignidad de todos.

El Catecismo resume así:

    Los países prósperos deben acoger al extranjero en la medida de sus posibilidades.

    El inmigrante debe respetar las leyes del país que lo recibe.

    Las autoridades pueden poner condiciones legales a la inmigración.

Pero la clave está en el modo en que se aplican estas leyes. Deportar a un delincuente violento no es lo mismo que expulsar a una familia que lleva 20 años trabajando y contribuyendo a su comunidad.

La prudencia moral —enseñan los teólogos— es esencial.

La moral católica no simplifica: pide defender la dignidad humana siempre, proteger a los vulnerables y actuar con justicia. La cuestión no es solo qué se hace, sino cómo se hace. Cada migrante es un hijo de Dios, y la política pública nunca debe olvidarlo.

Que nunca perdamos de vista el corazón del Evangelio: ver en cada persona un rostro amado por Dios.

“La dignidad humana no se deporta: se respeta en todo momento y en toda ley.”